Fuente: Gaspar Velásquez Morillo
Foto: Archivo La Voz del Río
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| Misión Nevado y la muerte del doctor |
Apartemos las
brumas del olvido para traer al presente algunos retazos de lo ocurrido a
finales de los años noventa: las personas que tienen opciones, buscan cada vez
más la exclusividad y apartarse del mundanal citadino, para darse un contenido
chic a su ritmo de vida, por lo que se mudan “a vivir” a selectas urbanizaciones
o villas, con el caché que da toda las comodidades y el aislamiento del mundo
porque ni entre vecinos se conocen.
El Doctor y su
señora no fueron la excepción, con apoyo profesional, diseñaron lo que se llama
una mansión, en la fase intermedia de construcción se acercó un perro con
timidez, se notaba de corta edad, cuyo costillar era muy visible, los albañiles
y el vigilante nocturno lo acogieron como algo más, mientras que el Doctor,
siempre le llevaba sobras de comida de su casa de habitación, lo que con el
tiempo le hizo cambiar el deteriorado aspecto físico al perro y se estableció
una química entre los dos.
Concluida y
habitada la mansión, su esposa, la señora de la casa, profesional de docencia
universitaria de gran lustre cuya mayor ocupación y preocupación es mantener
sus líneas faciales tersa y “juvenil” por lo que atendía su rostro con muchas
cremas, lociones, y pasaba horas peinándose el cabello para mantenerlo sedoso;
mientras que el Doctor en su estudio biblioteca de más de 70mts cuadrado, donde
estudiaba intensas jornadas y allí dormía, la pareja estaba junta pero no
estaban juntos, cada quien en su ambiente vivía la vida.
Resulta que el
perro se quedó a vivir en la mansión con la anuencia, así como con el cariño y
afecto particular del Doctor, pero con una vida muy discreta para no ser echado,
hasta que con el apoyo del jardinero y del personal de apoyo doméstico, la
esposa del Doctor se deshacen del perro, sorpresa que se llevó él porque llegó
y el perro no lo recibió. Preguntó y recibió la brutal respuesta de la esposa:
-Lo botamos! El Doctor controló a la perfección de Magistrado su brío, aunque su
desgarbada figura temblaba de la indignación y volvió a preguntar: -¿Y dónde?
De nuevo una respuesta desconcertante y breve de la dama que cual doncella se
acicalaba el cabello con entusiasmo: -Para el Moján.
El Doctor pensó,
ese municipio es distante de Maracaibo, mentalmente se dio ánimo, por suerte es
viernes, se dijo por dentro.
Bien temprano del
sábado salió al garaje de su mansión el Doctor, tomó él mismo el vehículo,
casualidad había cambio de escoltas en la garita habilitada para atenderlo a
él, los funcionarios se extrañaron por verlo salir a esa hora y un día sábado,
lo abordaron con el saludo habitual y le preguntaron para donde iban, el Doctor
respondió con sequedad: -No es necesario que me acompañen-.
Arrancó ansioso como ganándole tiempo al
tiempo, al cabo del rato ve por el retrovisor que el par de escoltas motorizados
lo siguen como a 15mts. de distancia cumpliendo su responsabilidad, imprimió
más velocidad y expresó molesto: pendejos! Esa era una expresión común en el
Doctor que utilizaba cuando interactuaba con cualquier persona que no
concordara con su lógica jurídica pero él casi nunca la pronunciaba…pero si la
pensaba…!
Después de la Bomba Caribe saliendo
hacia El Moján disminuyó la velocidad y recorrió un buen trayecto a ese ritmo para
ver si veía al perro, a su perro, después de un buen recorrido, lo ve a la
distancia, acelera, toca corneta, el perro mueve la cola, se veía hambriento y
deshidratado, con un suspiro el Doctor se dijo: es él! Se estacionó, el perro
brinca de alborozo y el Doctor lo monta en el carro blindado. Los escoltas
desconcertados se miran entre ellos, encogen los hombros y cumplen con su
función de retorno a casa siguiendo al Doctor, quien va con los vidrios abajo
rompiendo con las normas de seguridad, va a toda música y se veía que hablaba
con el perro.
Llegó de nuevo a
casa, el mismo Doctor le dio de comer, lo bañó, lo secó, y le hecho un perfume
que le regaló su señora y el cual nunca uso. Después él se arregló, almorzó, se
puso cómodo y durmió la siesta en el diván de su estudio biblioteca con el
perro encima.
No habían pasado
quince días cuando la señora de la casa y profesora universitaria hizo lo mismo,
botar ahora más distante al perro. De nuevo el Doctor rescata al perro del
hambre, de la insolación o de lo que lo atropellaran, estuvo de nuevo en casa y
a descansar ambos en el diván.
De nuevo un
clavo más al ataúd donde reposaba, el trato, del afecto que una vez se tuvieron
el Doctor y la profesora universitaria, porque ni desayunaban juntos, ni
cenaban juntos, días sin hablarse, cada quien en su vida, en sus necesidades y,
ambos, solitarios físicos y espirituales.
Hubo una tercera
ocasión donde regresó el Doctor y no consiguió a su perro, lo buscó y lo buscó
por toda la periferia de Maracaibo y municipios aledaños y no lo halló, tres
meses después falleció el Doctor a sus 60 años exactos, a las 9.45pm de la
noche en la misma hora en la que nació en un sector humilde de la Maracaibo de
ayer, al cual más nunca visitó después de hacerse famoso, quienes conocieron al
Doctor, dicen que murió de desconsuelo, nunca disfrutó a su par de hijos quienes
vivían en el norte, ni ellos lo disfrutaron a él. Alentados por la mamá, los
jóvenes estudiaban fuerte para captar rápido status local cuando regresaran.
También dicen
sus amistades que el Doctor murió de soledad. Lo curioso es que había dejado
por escrito en el escritorio que pronto estaba por morir, su esposa ignoraba el
avance del cáncer, no obstante, él preveía el fatal desenlace por lo que pidió
que lo cremaran y sus cenizas las esparcieran por donde en dos oportunidades
había conseguido a su perro. Otra curiosidad, lo cierto es que decían, el
jardinero y las domésticas, que el Doctor nunca le colocó nombre al perro, sólo
le decía, mi perrito y así se entendían de muy buena manera los dos, ser humano
y el más fiel de los animales, de repente estarán los dos retozando en algún
parque de la otra vida viviendo la verdadera vida.
Después de
muerto el Doctor, ella, su esposa, sigue al frente del espejo creyendo en los
mensajes publicitarios de la eterna juventud, por lo que no se da oportunidad,
para la tristeza ni para la alegría; además sigue viviendo con gran aversión a
los animales y mascotas, perdiendo los momentos bellos y sublimes de la vida;
han corrido los años, hoy, con más edad encima -y sin los prometidos efectos de
las cremas y lociones de la eterna juventud- la profesora universitaria, duda y
se ríe de quienes consideran que si existen los efectos terapéuticos de algunas
especies del reino animal.

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