Fuente: Licda. Arizaida Arcia
Autor: William
Fariñas
Grano de Mostaza
En una oportunidad un peregrino que andaba de
un pueblo a otro, se detuvo a descansar bajo un árbol a orilla del camino.
Disfrutó de la brisa fresca que empezaba a bajar de las montañas y del trinar
vespertino de los pájaros. Se extasió agradablemente del momento y los
elementos. Le dio gracias al Creador por la gratuidad de
sus maravillas.
Le pareció un lugar santo. Observó en la
distancia el lindero de un lugar abandonado y lleno de piedras, que
lo hacía poco utilizable para el arado y los cultivos. Prestó atención
el estado precario del solar que tenía un letrero "Se vende" y se
preguntó quién puede adquirir una superficie tan descuidada y para tan poco
uso.
Tomó un sorbo de agua de su
cantimplora y en la lejanía del terreno vio a un conejo ocultarse en
una madriguera. Indudablemente que el animal no se percató de la presencia del
hombre en la sombra de la tarde; estuvo un rato en la cueva y luego salió dando
saltos en dirección contraria a la mirada del acucioso observador.
La curiosidad del caminante por la presencia de
la liebre, le motivó a traspasar la endeble cerca y se adentró entre el
pedregal. Llegó hasta el agujero y se sorprendió por lo que vio. No podía creer
que la cavidad escondía monedas de oro. Tomó un puñado temerosamente porque se acercaban
en la lejanía otros paisanos.
Salió sigilosamente y continuó su camino
tratando de no generar ninguna sospecha del tesoro escondido. Al llegar al
pueblo siguiente, preguntó a una vecina sobre la pertenencia de la parcela
abandonada del camino. La señora le dijo que su propietario había muerto hacía
muchos años y que un familiar del difunto que vivía en la ciudad lo estaba
vendiendo sumamente caro, a pesar de que servía de muy poco para los cultivos.
La gente no quiere comprarlo por el valor muy
alto, le informó, comparándolo con otros más baratos de esos predios. A la
mañana siguiente el hombre animoso se dirigió a la ciudad para buscar al dueño
del terreno. Preguntando en la vereda, halló al propietario, quien era un
comerciante próspero de la comunidad. Era verdad que quería vender el solar, no
obstante el comerciante desconcertado, le preguntó por qué deseaba comprar ese
descuidado y abandonado lugar.
El peregrino le
contestó: "El Reino de los Cielos se parece también a un
negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran
valor, vendió todo lo que tenía y la compró". Para sentir
verdaderamente a Dios debemos despojarnos de muchas cosas, especialmente de lo
que no somos, y de mucho de lo que aparentamos y de cuanto tanto aprisiona
tristemente nuestros corazones.
Es decir
los malos sentimientos, el disfraz de lo mundano, las inclinaciones
frívolas, pasiones e instintos perversos; todo cuanto nos impida la posesión
espiritual que nos pide El Salvador. Si vaciamos el corazón de la maldad y de
las falsas riquezas este podría ser ocupado por Nuestro Señor. Además en nombre
de Dios lo quiero trabajar.
El comerciante no entendió lo dicho por el
insólito personaje, más bien le pareció risible y de loco la propuesta de este
extraño paisano de comprar ese terreno abandonado. Debe ser uno de
esos cristianos que andan por allí, se dijo. Pensando que pendejos
es lo que sobra, le vendió el terreno dejando en constancia por escrito el
motivo de la transacción. El comprador se fue contento y feliz por haber
realizado el mejor negocio de su vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario