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| Palitos chinos en tumulto por un puñado de harina para cuatro arepas |
La
Voz del Río/ Comunidad
Por Abg. Edinson
Lares/ Opinión
Cuando ayer hice cola frente al establecimiento comercial
regentado por orientales nacionalizados venezolanos, nada parecida a precedentes
formaciones y otras previas oportunidades de las que he podido sufrir en igual
desagravio; por enésima vez prometí a Dios, no volver a caer en la iracunda
necesidad de querer y no poder comprar bajo la augusta irracionalidad del desorden.
Conste que aunque traté de ser entre las y los angustiados
necesitados usuarios, el más ordenado, paciente y mejor ciudadano posible; por alcanzar un producto regulado como “harina, papel y jabón”, otros más alterados –si no
la mayoría- haciendo cola por segunda y tercera vez en el angustiante rato que viví;
afirmo con toda responsabilidad que observé una aptitud frenética y
desnaturalizada en su accionar, cuando igual presencie que sus confusas
palabras de rechazo a policías municipales, guardia miliciano, orientales comerciantes, congéneres presentes y el gobierno socialista ausente; impregnaba el
ambiente tumultuoso de un delirante sin sentido que tiene un solo nombre:
Guerra Económica.
La escena nada parecida al “11 de Abril de 2002” de hace
catorce (14) años, que se cumplían ayer, día que convirtió la mentira en
infamia, a las y los militares junto con pocos civiles en golpista no acusados
y varios vende patria en auténticos criminales; ello deja claro que seguimos
fallando en fortalecer la democracia ganada con el socialismo y dejamos a un lado
principios de organización popular; así como el ascenso del nuevo ciudadano, que
desea bienestar y no barbarie en nuestra sociedad.
Tarde llegamos al local de víveres y mercancía seca,
quien suscribe junto con el editor de “La Voz del Río”, el comunicador comunal
con estudios de “comunicación social” concluidos: Emerson Lares; cuando palitos chinos en tumulto por un puñado de
harina para cuatro arepas, andaba descomunal. Los policías y el único
guardia miliciano en el sitio lateral al establecimiento, se apreciaba
abarrotado de usuarias y usuarios que portaban paquetes en sus brazos y bolsos
en cantidades mayores a las despachadas; cierto es, que todo hacía pensar no tendríamos
oportunidad de “coger” ni un paquete de los tres que vendían los orientales.
Quise lanzar un vaticinio ante la poca oportunidad que avizoré
de comprar “harina con un caramelo” que ampliaba el costo del “combo” a
doscientos (200) bolos; pero guarde el comentario en mi mente, para no
decretar a viva voz y se cumpliera, cuando pensé: “seguro llegamos a la reja y
se acaba la harina y sólo queda el caramelo”… Y así ocurrió. Pero en ese
instante de reflexión y recuerdos de parecidas asistencias a este tipo de
evento comenzó el drama, las y los bachaqueros hacían doble fila tanto con la
cola de jóvenes y la de los adultos mayores; dónde apretujado avanzaba o iba
detrás del editor, empujado por enardecidos usuarios; gritando: ¡Hagan la cola,
hagan la cola coños e madres! ¡Qué pasa con esos policías y guardias parapetos,
pongan orden, coño! ¡Señora, por favor, no vuelva a meterse en la cola, carajo! ¡Guardia,
guardia, saca esa gente y no seas pendejo!; junto con otras exclamaciones
subidas de tono y vulgaridad.
Ya cuando asomé la vista a través de la reja de entrada
al local, con 5 a 6 personas por delante, comprobé que mi vaticinio se haría
realidad, los empujones arreciaban, los gritos con palabras vulgares y
enardecidos por la rabia del mayor irrespeto sufrido, hizo explosión en las
mentes de quienes, espectadores silentes frente al local, como esperando una fatalidad
inusual con mirada morbosa y nada oculta; todo cesó con la elevada voz de uno de los cuatro
policías presentes, que gritó: “¡Se acabó la harina!”.
La amargura inyectó las mentes de quienes no habían
tenido la “suerte” de comprar ni un paquete de harina, el dolor volteó las
miradas hacia las y los que sí habían alcanzado comprar groseramente más de
tres y hasta doce paquetes de harina regulada; pero los más conpiscuos, se
burlaban de las y los no apuntados por la “suerte” de oportuna venta, con
frases pretendidas de graciosas: “Esta es la verdadera revolución socialista”.
Y, algo que en anteriores momentos no preste importancia, las verifiqué al final
de esas malas palabras generalizadas, y fue que todos los presentes -en su mayoría- no están interesados en develar la acción desordenada impulsada por las y los
comerciantes; pero sí el endilgar culpas a quienes no controlan ni ejecutan
programas sociales que nada les preocupa. Su afán es gozar haciendo el mal sin
mirar a quien.
De regreso a casa, concluí decretar no volver a formar
parte de un sin sentido por “un puñado de harina” o algo parecido, escribir para
esta página electrónica con trece años de fundada y seguir la lucha por no caer
en la corrupta practica de varios ciudadanos que andan despotricando del modelo
de inclusión y participación protagónico negados por ellos.
Ahora más que antes, estoy asumiendo que son muy pocos
los que no han entendido que es socialismo y para qué sirve; y si vamos a
buscar culpables, mejor iniciamos revertir los males presentando soluciones y
no más problemas de los que ya abundan. Las y los que quieran patria, les
sugiero ser más humanos y mejores ciudadanos; la virtud de ser positivos seguro
evitará odios y guerras en las que andan y sufren otros pueblos. Pues clamar a
Dios, será en vano.